Una de las paradojas más extrañas es la del conductor de automóvil furibundo por estar sufriendo una cola. Si existe cola -porque aunque no sea el único factor resulta la razón principal- es gracias a él pero, por supuesto, la cola, la congestión de la autopista o la carretera, no es responsabilidad suya, sino de los demás y, obviamente, del Gobierno. Que en su casa dispongan de dos coches y una moto, que haya decidido vivir fuera de la ciudad para fundar una Shangri La en forma de adosado, que viaje todos los días en solitario al volante es absolutamente irrelevante. La cola siempre es un organismo extraño y pegajoso en el que quedamos atrapados en contra de nuestra inocente voluntad, y así lo piensan todos y cada uno de los afectados. Dicho sartreanamente: la cola son los otros, que no me dejan llegar de La Matanza a Santa Cruz en quince minutos. Porco Cabildo.

En Tenerife el número de automóviles se aproxima rápidamente a los 800.000 para una isla que apenas supera el millón de habitantes. Es uno de los territorios españoles donde la relación de vehículos por habitante es más elevada y en una superficie más rotundamente limitada. El parque automovilístico no ha dejado de crecer desde los años setenta, pero se aceleró extraordinariamente en los primeros años del nuevo siglo. El coche se convirtió en un bien común y mostrenco al que podía acceder casi cualquiera y, en especial, los más jóvenes. El coche es, desde hace tiempo, ya no un símbolo de estatus, sino un derecho inalienable que te convierte en un ser humano. Sucio, dañino y embrutecedor, se le deben más muertos y lisiados que a la heroína y la cocaína juntas. Uno de los argumentos críticos más repetidos al tratar la congestión del tráfico en Tenerife señala una y otra vez las insuficiencias del transporte público, y sería un argumento mucho más verosímil si la gente no prefiriera gastarse cuatro cuartos en un automóvil utilitario antes de coger una guagua el resto de su vida, o si el regalo por aprobarlo todo el primer, segundo o tercer año de carrera universitaria no fuera un coche, heraldo metálico de la autonomía y la madurez de su propietario.

Sin duda en Tenerife puede denunciarse una escasa y deficiente previsión ante el demencial incremento del parque de coches y camiones en los últimos veinte años. Pero escuchado a políticos y técnicos la conclusión se antoja bastante inequívoca: es imposible garantizar la operatividad viaria bajo la premisa de la defensa incondicional al uso del vehículo privado. Pueden y deben ejecutarse propuestas en carriles y accesos que supondrán alivios coyunturales, pero es imposible una circulación satisfactoria de un millón de vehículos. Simplemente imposible. Las únicas medidas eficientes -en paralelo a un incremento de los medios del transporte público: más guaguas, más trayectos y más frecuencias- estarían relacionadas con restricciones razonables en el uso de vehículos privados y me parece harto dudoso que los ciudadanos lo admitan: su coche es una prolongación de sí mismos, de su autoestima, de su libertad de consumo. Y así se expresa mejor y se cierra la paradoja: lo que se exige a las administraciones competentes, lo que se reclama endemoniadamente a los dirigentes políticos, es que tomen cualquier medida necesaria, al coste público que haga falta, para que el vehículo privado siga siendo el centro del sistema de transporte por los siglos de los siglos.

LA OPINIÓN

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